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Fazenda da Esperança, el rostro concreto del Jesús encarnado

  • Ángel Morillo
  • 27 oct 2016
  • 7 Min. de lectura

Imaginemos que después de llevar a un grupo de abuelitas hasta su casa, luego de una torrencial lluvia, sorteando toda clase de inundaciones, obstáculos, sin contar que el carro se lo lleva una corriente y moja todo el motor dejándote varado; en eso un grupo de muchachos, prestos, solícitos, te brindan su ayuda, pero luego de hacerlo, sacan sus armas y en medio de la soledad te dicen “Esto es un asalto”.

Acto seguido te quitan todo hasta dejarte en ropa interior; tú les dices, porque de paso eres extranjero, por favor, devuélvanme mis documentos, pero los que ahora son tus verdugos te ignoran. Tú sigues hablando, no actúas con violencia, al contrario, preguntas quiénes son, de dónde vienen, qué problemas traen, que no se preocupen, si los llegare la Ley a pescarlos, los ayudarías, no declararías en su contra, que al menos te devuelvan los pantalones, porque tienes frío.

Los maleantes no logran encender el auto, se dan por vencidos, uno de ellos se ablanda, comienza a hablarte, convence al resto, hablan, como por milagro te devuelven tus pantalones, tus documentos, hasta todo tu dinero, allí piensas que Dios existe.

Esto no se trata de ningún extracto de algún cuento o reflexión de algún seguidor de Víctor Hugo, esto es sencillamente parte de la vida de Fray Hans Stapel, un sacerdote franciscano, incidido en la espiritualidad focolarina, fundador de Fazenda da Esperança, una organización mundial, nacida en Brasil hace 30 años, que rescata a jóvenes que han caído en el submundo de la drogadicción.

Actualmente es considerada como la obra de misericordia más grande de América Latina, la cual ha desarrollado actividades ayudando a millares de familias en 15 países del mundo, entre ellos: Angola, Alemania, Argentina, Brasil, Bolivia, Colombia, Filipinas, Guatemala, Italia, México, Mozambique, Paraguay, Rusia, Suiza y Uruguay.

Pero cómo nace la Fazenda da Esperança, sigamos con el juego de los espejos…

Usted es un muchacho, que todos los días pasa a su trabajo en bicicleta y en una esquina ve a un grupo de jóvenes, así la escena se repite cada día, pero en esta esquina no precisamente se reúnen para departir sobre moral, lamentablemente se drogan.

Supongamos, que llega un padre nuevo a la parroquia, eres es asiduo asistente, además de tu trabajo y la bicicleta, vienes de una familia con no pocos problemas. Ese padre tiene un hálito diferente al resto, vive el Evangelio con radicalidad, eso te atrapa. La imagen de los muchachos de la esquina sigue pasándote muchas veces por la cabeza, pero tienes muchos problemas como para ocuparte de ellos, sin embargo, una voz muy en el fondo te anima.

Ese sacerdote alemán te agrada, te reta, por fin, te haces amigo, sigues sus pasos. Junto con otros muchachos de la parroquia forman un grupo, timoneados por Fray Hans, así se llama ese padre.

En la parroquia La Gloria, que es como se llama, pasan muchas cosas, incididas en gran medida por Fray Hans, el padre, su trabajo con niños huérfanos, madres solteras, familias pobres, jóvenes convictos, es muy conocido y, además, tal como Santa Teresa de Calcuta dijera, había que amar hasta que doliera. Ese padre se las trae.

Eso lo entendiste, de allí que un buen día sin escatimar los riesgos, decidiste hacerte el maninho (pana, parcero, cuate, pibe) de los chicos de la esquina, eran más o menos 20, unos más agresivos que otros, pero eso no te importó, le llegaste a Ademir, a quien por cierto gustaban las canciones de Roberto Carlos, aprovechaste la circunstancia, tocaste su corazón, además Ademir hacía pulseras artesanales, te acercaste y hablaron, hablaron como dos viejos amigos.

Ademir sintió por primera vez que alguien lo trataba con dignidad, por eso te decidiste quedar y ellos contigo, así el maninho se hizo parte de los muchachos de la esquina, tan sólo acompañabas, quizá sin pensar que esas acciones poco a poco tocarían cada uno de sus corazones, demostraste que el amor es una fuerza transformadora como te lo mostró Fray Hans.

Un día les prestaste tu bicicleta, tu preciado tesoro, con ella ibas cómodamente a tu trabajo. Ni lo pensaste dos veces, se la diste, confiaste en ellos. Claro, ellos la iban a cambiar por droga, resulta que no tenían dinero y, por supuesto tú, eras la presa fácil.

El plan marchaba a la perfección, Quexada, el de temperamento más agresivo, fue quien concibió la idea, total, la bicicleta valía mucho. Sabía que tú caerías. Uno de ellos, llamado Antonio, perpetrado ya el cometido, los detuvo, porque en su mente, en su conciencia, pesaron más tus acciones de amor; para cualquier ser mortal era causa perdida: tú un tonto, ellos los listos (eso en una situación normal); pero sabemos y sabes que donde está metida la mano de Fray Hans y más cuando el amar hasta que doliera, un suceso de esta índole no podría terminar como lo dicta la lógica.

Sucedió pues que estando los circunstantes arrepentidos por tamaña felonía como en un caleidoscopio desfilaron por sus mentes todos tus gestos de amor, esos gestos inspirados en la carta de San Pablo a los Corintios cuando nos llama a hacernos débiles con los débiles, para ganar a los débiles. Ese hecho de la bicicleta marcó un camino en tu vida, sin agregar que esos chicos “malos” arreglaron tu bicicleta, la lavaron y hasta la lustraron.

Tuviste una novia, compartían sueños, causas, tenían planes, pero precisamente un 31 de diciembre decidiste terminar la relación. Otro amor más grande te esperaba. No fue una acción díscola, de hecho lo consultaste con Fray Hans, él tan solo te dijo que si encontraste un amor más grande que valga la pena dejarlo todo… y ese amor era Dios.

Pero fue un 29 de junio cuando tu vida cambió. Con la homilía de Fray Hans resonando en tu cabeza, repetía el significado de “Pidan y se les dará”. Fueron palabras de fuego, que hasta la fecha siguen alumbrando tu derrotero y el del mismo Fray, desde ese día sus destinos quedaron inextricablemente cruzados. Nada menos que le pediste a Dios te diera a esos jóvenes, no para ti, sino para él.

Días después, Antonio, ese mismo que tocó el corazón del grupo y evitó el robo de tu bici, pidió hablar contigo. Te contó de sus males y su voluntad de cambio, era la fiesta de San Pedro. Necesitaba tu ayuda, salir de ese mundo cuanto antes. Así nace la Fazenda. El cielo estaba de fiesta.

Hoy te ves al espejo y todos te conocemos como Nelson Giovannelli, el otro fundador de la Fazenda da Esperança, quien junto a Fray Hans ha salvado vidas y almas.

Sólo querían vivir el Evangelio

Este par de hombres, cada uno con caminos distintos, convergieron en la década de los 80 en la estigmática esquina del barrio Pedregulho, en Guaratinguetá. Sin duda el petitorio de Antonio, uno de los chicos afectados, fue el punto de inicio de la fazenda.

Hoy por hoy se ha convertido en una comunidad terapéutica, en palabras del mismo Fray Hans: “Hoy día son tres millones que viven con nosotros en 15 países, descubrimos, con toda esta experiencia, que el problema de la droga se debe al desamor; para mí el problema de las drogas es espiritual, el no encontrar el sentido a la vida; pero hay algo que es más fuerte que esté mal y es Dios”.

Por su parte, Nelson Giovannelli explica que en “la fazenda tienen tres principios: el trabajo como camino al sostenimiento, la espiritualidad y la convivencia como familia”.

La apertura de una fazenda pasa por un procedimiento. Los interesados solicitan al obispo de la localidad, éste a su vez hace a su vez intermedia con los responsables, en este caso Fray Hans o Nelson. Una vez convenidos, la misma comunidad se organiza y gestionan lo referente al lugar donde los chicos puedan ser acogidos. “Cuando se verifican estos tres elementos, nosotros asumimos este reto. Por ello nosotros no planeamos ir al sitio que queremos, sino que en estos 33 años, sólo fuimos adonde comunidades y obispos nos llamaron, apunta Nelson.

Volviendo nuevamente el tiempo, podemos encontrarnos con el testimonio de estos dos hombres, quienes coherentemente y en reiteradas ocasiones han manifestado que su deseo es vivir el Evangelio. Nadie planificó nada, nadie soñó con hacerlo, sencillamente fue poner en práctica la Palabra del Nuevo Testamento. “Si de tener un sueño se trata, para mí sería hacer la voluntad de Dios”, añade Nelson.

La familia de la Esperanza

En la Fazenda no sólo se quiere ser un ente de asistencia social, muy contrario a esto se busca la dignificación del ser humano con un estilo de vida comunitaria basada en la comunión de bienes tal como lo hacían las primeras comunidades cristianas.

Todo apunta bajo este esquema a una nueva forma de Evangelización, que responde sin duda a los signos de los tiempos, a una Iglesia en salida. Un día cualquiera en una fazenda está inspirado principalmente en el Evangelio.

Una expresión muy recurrente entre quienes viven y conviven es el “volverse hombres nuevos”, detrás de la semántica de esta frase se encuentra la posibilidad de descubrir, con la vida del Evangelio, el binpmio Dios-Amor y ser otra persona.

De allí que la Fazenda sea considerada un santuario moderno, de la nueva Evangelización, donde no se venden estampitas, ni bendicen imágenes, ni hay filas en el confesionario, senicillamente porque se puede tocar a Dios en la vida concreta de las personas.

Todo estos elementos hacen de la Fazenda más que un lugar de cambio, de peregrinaje moderno, sino un lugar para ser familia. De allí que el nombre de Fazenda ha sido subsumido por el de Familia de la Esperanza, Nelson explica las razones: “Ahora nació la Familia de la Esperanza”, que la Iglesia a través del Pontificio Concilio por los Laicos, nos aprobó recientemente como una asociación internacional de fieles llamada Familia de la Esperanza. Son 700 miembros, que son aquellos que como consagrados, matrimonios, sacerdotes, aquellos en discernimiento vocacional, asumen la responsabilidad de llevar adelante la gestión de nuestra institución en el mundo”.

El mundo dice a Fray Hans y a Nelson “Muito obrigado” por ese gesto de radicalidad, por ser como son. De allí que Fray Hans, con mucha pasión, antes de marcharse, sin mirarnos en el juego de los espejos del inicio, dice: “Si todos viviéramos con radicalidad el Evangelio, no existiría la violencia. Allí en los Evangelios está la solución a todos los problemas y debemos mirar los inicios de la iglesia primitiva, los inicios del cristianismo, cuando todos compartíamos los bienes en común ya que practicaban la palabra, vivían la palabra; yo experimenté en mi vida la fuerza del Evangelio”. Las palabras sobran.

La famosa esquina del barrio Pedregulho

Nelson, quien fue tocado por ejemplo de Fray Hans

Fray Hans, siempre inserto con su gente,viviendo la alegría del Evangelio

"Hoy hundimos nuestras manos en la tierra americana, para proteger la vida, para compartir el pan".

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